Heréticas Por Esther López
El Barroco fue el arte del exceso y la contradicción. Caravaggio llevó la violencia a la tela con una teatralidad que dejaba sin aliento. Rembrandt escrutó el alma humana desde la penumbra. Velázquez retrató el poder con una frialdad analítica que todavía asombra. Los tres pintaron el mundo desde afuera. Con la autoridad serena de quien observa sin ser tocado.
Y entonces llegó Artemisia.
Artemisia Gentileschi nació en Roma en 1593, hija del pintor Orazio Gentileschi. Aprendió el oficio con una velocidad que pronto resultó incómoda. A los diecisiete años pintaba con una madurez que avergonzaba a hombres del doble de su edad. Ese mismo año, Agostino Tassi — pintor, socio de su padre, hombre de confianza — la violó. Lo que vino después fue una de las páginas más vergonzosas de la historia del arte y de la justicia: un juicio donde Artemisia fue sometida a torturas en los dedos para "verificar la veracidad de su testimonio." Tassi fue condenado brevemente y luego indultado. Artemisia se marchó de Roma.
Y pintó.
Lo que distingue a Artemisia del canon barroco no es solo su dominio técnico del tenebrismo — igual o superior al de sus contemporáneos. Es la perspectiva. Pintó el cuerpo femenino desde una experiencia que ninguno de ellos podría haber tenido: la de habitarlo, la de sobrevivir en un mundo que intentó definirla por lo que le hicieron en lugar de por lo que ella hizo. Sus mujeres actúan, deciden, empuñan espadas y no bajan la mirada. Una galería de heroínas bíblicas que en manos masculinas habrían sido objetos de contemplación y en las suyas se convirtieron en sujetos de su propia historia.
Fue la primera mujer admitida en la Accademia delle Arti del Disegno de Florencia. Trabajó para los Médici y para el rey de Inglaterra. Fue admirada y cotizada en vida. Y sin embargo, durante casi tres siglos, sus obras fueron atribuidas a hombres. Porque la rabia, en una mujer, siempre incomoda más que el talento.
Caravaggio puso el drama en la escena. Artemisia puso la furia en las manos de las mujeres. Y esa furia lleva cuatro siglos mirando de frente a quien se atreve a plantarse ante ella, haciendo siempre la misma pregunta:
¿Quién tiene derecho a la expresion del arte?
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"No venimos a pedir permiso. Venimos a quedarnos."