El gladiador Edgar Mejía

El futbol suele contar historias de vencedores y vencidos, pero pocas veces se detiene en quienes han vivido ambas caras desde dentro. Edgar Mejía no necesita presentarse como leyenda ni como salvador. Su relato es más honesto: el de alguien que entendió muy joven que el protagonismo no siempre está en la foto final, sino en resistir cada combate que toca librar.

Su historia comienza temprano, cuando apenas era un niño en Verde Valle y el futbol todavía era un juego que se aprendía más por intuición que por método. Ahí, bajo la tutela de entrenadores formadores, empezó a entender que aquel balón podía convertirse en un proyecto de vida. No había promesas, solo constancia. No había discursos, solo trabajo diario.

Le tocó crecer en una generación irrepetible. Compartió proceso con nombres que después dominarían portadas y reflectores. Fue capitán de una selección campeona del mundo Sub-17, aunque el destino le negó jugar el torneo por una lesión de rodilla. Ser líder sin pisar la cancha fue, quizá, su primera gran batalla interna: aprender a sostener desde fuera, a aceptar que el rol también duele cuando no se ejecuta.

La redención llegó rápido. Debutó en Primera División y fue campeón con Chivas siendo apenas un adolescente. Vestidores llenos de jerarquía, técnicos consolidados, exigencia permanente. En lugar de perderse en la comodidad del éxito temprano, Mejía entendió que ese era apenas el inicio del camino. Porque el futbol, como la arena de un coliseo, no perdona a quien se confía.

Su carrera como futbolista fue larga y diversa. Cambió de ciudades, de contextos, de objetivos. Jugó finales, ascendió, descendió, volvió a empezar. Ganó títulos importantes, pero también acumuló minutos de silencio. Cuando el retiro llegó, no fue una decisión romántica, sino necesaria. El cuerpo ya había dado suficientes señales. Y entonces apareció otra puerta: la del banquillo.

El tránsito a entrenador no fue inmediato ni sencillo. Hubo proyectos que no se concretaron, oportunidades que se cayeron en el último momento. Lejos de frustrarse, Mejía tomó esos tropiezos como aprendizaje. Ahí terminó de nacer el entrenador: no desde la ambición, sino desde la paciencia.

Dirigir a Chivas Femenil lo colocó de nuevo en una arena compleja. Un equipo en crisis, una institución bajo presión y, después, una pandemia que cambió todas las reglas. Protocolos, estadios vacíos, desgaste emocional. Aun así, construyó un equipo con identidad, que competía y que conectó con la gente. Perdió una final, sí, pero dejó algo más difícil de lograr: un estilo reconocible.

Su salida fue silenciosa. Decidió pausar, guardar distancia, recomponerse. Ese tiempo fuera del reflector fue tan importante como cualquier campeonato. Entendió que también se vale detenerse para seguir.

Hoy, al frente de Gallos Femenil, Edgar Mejía no promete gestas inmediatas. Habla de procesos, de atletas, de convicción. No distingue géneros, distingue esfuerzos. No vende humo, vende trabajo. Sabe que el contexto es complejo, que el camino será largo, pero también sabe algo fundamental: ningún gladiador sobrevive si no aprende de cada combate.

La versión que hoy vemos del ‘Chore’ no es la del joven campeón ni la del técnico de moda. Es la de alguien que ya perdió, ya ganó, ya se cayó y se levantó. Y que entiende que el verdadero protagonismo no está en el ruido, sino en seguir entrando a la arena, aun cuando las batallas no garantizan aplausos

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