Música sí, Resistencia no: contradicciones difíciles de sostener

Por Ramón Estévez

Los nuevos dueños de Gallos Blancos buscan recuperar elementos que durante años dieron identidad al Estadio Corregidora, pero uno de esos intentos abrió una discusión inesperada. Todo comenzó en la reunión virtual que sostuvieron los propietarios del Club Querétaro, Marc Spiegel y Ed Malyon, con medios de comunicación. Spiegel aseguró que para el partido de la jornada 7 ante Monterrey, el 5 de septiembre, habría nuevamente un grupo musical con instrumentos en las tribunas. Las publicaciones posteriores en redes sociales generaron una pregunta inmediata entre la afición: ¿quién sería esa banda? La respuesta comenzó a tomar forma cuando apareció un video del amistoso de pretemporada, previo a la jornada 1, donde integrantes de Los Condenados del Ritmo ensayaron dentro del Corregidora. No era solo una posibilidad ya que existían acercamientos y pruebas previas.

La exposición pública del tema obligó a las autoridades a fijar postura. El secretario de Gobierno, Eric Gudiño, aseguró que podría existir una agrupación musical, pero no el regreso de la Resistencia Albiazul. Después, el gobernador Mauricio Kuri González sostuvo la misma línea y, finalmente, la Liga MX y el Club Querétaro publicaron un comunicado conjunto: “no hay ni habrá regreso de ningún grupo de animación a las tribunas de nuestro estadio”. Ahí aparece la primera contradicción. Los Condenados del Ritmo no son una banda externa: históricamente forman parte de la Resistencia y representan su estructura musical. La directiva podría comprar instrumentos nuevos, retirar las letras “RA” de los bombos o prohibir canciones que mencionen a la barra, pero eso solo cambiaría la apariencia. Si regresan las mismas personas a interpretar los mismos ritmos, será difícil sostener que absolutamente nada de la Resistencia volvió al Corregidora.

La segunda contradicción está del otro lado. He tenido oportunidad de conversar con personas cercanas a los integrantes de Los Condenados del Ritmo y tampoco existe certeza de que quieran regresar bajo esas condiciones. Volver beneficiaría al equipo, mejoraría el ambiente y recuperaría una tradición que pertenece también a miles de aficionados, pero podría representar un conflicto de principios, identidad y lealtad para quienes han formado parte de la Resistencia durante más de dos décadas. ¿Cómo regresar asegurando que ya no representan aquello a lo que siempre pertenecieron? Incluso si aceptaran, aparece la tercera contradicción: los cánticos tampoco pueden separarse de su origen. Muchas canciones que hoy conoce todo el estadio fueron escritas por integrantes de la barra y forman parte de una memoria colectiva construida durante más de veinte años. Olvidar a sus autores mientras se conserva su música sería una falta de respeto y otra paradoja difícil de explicar.

Después de aproximadamente seis meses de acercamientos entre la nueva directiva y algunos integrantes del grupo musical, parece que se ha avanzado mucho sin resolver lo esencial. Los dueños pueden querer música frente a Monterrey y Los Condenados pueden aceptar participar, pero las autoridades podrían considerar, a última hora, que su presencia representa de hecho el regreso de la Resistencia. También puede ocurrir lo contrario que el Gobierno autorice el proyecto y sean los propios músicos quienes decidan no entrar bajo condiciones que sienten contrarias a su identidad. Si ninguna alternativa prospera, Gallos tendría que buscar a otras personas para interpretar canciones creadas por quienes oficialmente continúan fuera. La discusión ya no es si habrá bombos, tambores y trompetas el 5 de septiembre, sino dónde termina una banda musical y comienza la Resistencia Albiazul. Se puede borrar una “RA” de un bombo; borrar veinticuatro años de pertenencia es imposible.

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