Hasta siempre

De Trivela por Joel Ferrer

 

17 de julio de 1993, San Juan del Río, Querétaro. Ahí comenzó la historia de Jaime Gómez Valencia, un hombre que con el paso del tiempo dejó de ser solamente un futbolista para convertirse en algo mucho más grande: un símbolo, un referente, una de esas figuras que destacan por su sencillez dentro y fuera del campo. Hoy, cuando se escribe su despedida del club Querétaro, no se está cerrando únicamente un ciclo deportivo; se está poniendo punto final a una etapa que ya quedó sembrada para siempre en la memoria de la afición.

Jaime Gómez llegó a las fuerzas básicas del Club Querétaro en 2010, a la categoría Sub-17, y desde ahí comenzó a construir una historia de paciencia, constancia y pertenencia. Un año después empezó a sumar minutos con la Sub-20, como tantos jóvenes que sueñan con debutar, pero no todos tienen la fortaleza de sostener ese sueño hasta convertirlo en realidad. El 27 de octubre de 2012, en la jornada 15 del Apertura 2012 ante San Luis, apareció por primera vez como futbolista profesional. Arrancó como titular y completó todo el encuentro. Ese día nació el jugador; con el tiempo, nació también el hombre que terminaría fundiéndose con la identidad del club. 

Porque no todos los futbolistas pueden presumir una historia así. Jaime no llegó al Querétaro para pasar de largo, ni para ser un nombre más en una lista de canteranos. Se formó ahí, creció ahí, aprendió ahí, sufrió ahí y también volvió ahí. En las temporadas siguientes siguió sumando minutos con el primer equipo, pero también defendió la camiseta en categorías Sub-20 y en Segunda División. Incluso en 2014 salió a préstamo al Club Irapuato, una pausa que no rompió su vínculo con Gallos, sino que lo terminó de forjar. A veces hay caminos que se alejan para regresar con más sentido. Y el de Jaime fue uno de ellos.

Después vinieron otros destinos, como Club Tijuana y FC Juárez, etapas que también forman parte de su recorrido profesional. El 17 de junio de 2020 se hizo oficial su llegada al Tijuana, con el que debutó el 25 de julio en un triunfo ante Atlas. Más tarde, el 24 de junio de 2021 se dio a conocer su incorporación a Juárez. Pero aun con esos capítulos en otros lugares, el destino parecía tener guardado un regreso inevitable: volver al Gallo, volver a casa, volver al lugar donde su nombre pesaba distinto.

Y es que hay futbolistas que se van, pero nunca se desprenden del todo del corazón de una institución. Jaime Gómez pertenece a esa clase de jugadores. Su vuelta a Querétaro no fue un simple regreso contractual; fue la confirmación de un lazo que ya era emocional, casi fraternal. Los partidos, los minutos, los recorridos por la banda, los esfuerzos silenciosos, todo terminó por construir una relación que no se mide solamente en estadísticas, sino en cariño, respeto y pertenencia. Hoy 269 partidos en Gallos los respaldan, pero su huella va mucho más lejos que cualquier registro.

Por eso su despedida dolió y al mismo tiempo conmovió. En sus palabras se notó algo que no se finge: el agradecimiento genuino de quien sabe que vivió un sueño frente a su gente. Dijo que ese día no se lo iba a olvidar nunca, que se lo llevaría “a la tumba”, agradeciendo a la tribuna, a su familia, a sus amigos, a todos los que estuvieron en las buenas y en las malas. Habló de la emoción de estar al lado de otra leyenda como Pablo Barrera y reconoció que de niño nunca imaginó estar del lado del jugador en una noche así. No hubo pose ni discurso vacío; hubo verdad. Y cuando un futbolista habla desde la verdad, la afición lo entiende de inmediato.

También hubo un mensaje que retrata perfectamente lo que Jaime fue dentro del grupo. Lo describieron como un gran ser humano, como la alegría del vestidor, como alguien que siempre recibió bien, con una sonrisa. Y quizá ahí está la clave de todo: no solamente fue un jugador comprometido, sino una presencia que sumó humanidad en un deporte donde tantas veces se exagera el ruido y se olvida el valor de la cercanía. Hay futbolistas que dejan goles, otros dejan títulos, y algunos, los menos, dejan alma. Jaime Gómez deja de todo un poco, pero sobre todo deja alma.

No es casualidad que Miguel “El Negro” Martínez en uno de nuestros programas lo haya definido como “el eterno”. En esa palabra cabe mucho más que un elogio: cabe el reconocimiento a alguien que trascendió el uniforme. Lo bonito de los tiempos es que a veces llegan para confirmar lo que ya se intuía. Y un año después de esas palabras, Jaime terminó por convertirse en lo que muchos ya veían venir: una leyenda del club.

Las leyendas son aquellos que, con sus actos, pagan día con día el privilegio de ser recordados. Jaime Gómez ya está en la historia del Querétaro. Su nombre ya pertenece al archivo emocional del club, ese que no se borra con el paso de los torneos ni con los cambios de plantel. Porque hay despedidas que no significan olvido, sino permanencia. Y la de Jaime Gómez es justamente una de ellas: se va del campo, pero se queda para siempre en la memoria de la gente.

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