En el caso de Querétaro, la respuesta incómoda es que ya no se trata solo de circunstancias del juego. Sí, hay partidos donde el contexto, la intensidad y hasta algunas decisiones arbitrales empujan a un equipo al límite. Pero cuando un club se instala en el fondo del fair play, el problema deja de ser accidental. Y una costumbre así no se explica con excusas: se corrige con trabajo, con carácter y con disciplina real.
Si partimos de la situación del presente torneo, el Gallo aparece en el lugar 17 de fair play, con 30 tarjetas amarillas y 3 tarjetas rojas. El dato es grave por sí mismo, pero lo es más porque no luce como un accidente aislado, sino como la consecuencia de un equipo que juega con demasiada impulsividad y poco control emocional.
Y ahí está el punto de fondo: no se puede aspirar a competir seriamente cuando se regalan suspensiones por faltas innecesarias, reclamos o actitudes antideportivas. Una roja no solo deja al club con uno menos; rompe la idea de partido, obliga a modificar el plan y castiga a compañeros que sí estaban haciendo el esfuerzo correcto. Un equipo que se hace expulsar con frecuencia no está siendo “aguerrido”: está siendo irresponsable. Y como ejemplo el partido contra los Rayados.
Querétaro debería entender que la disciplina también es parte del rendimiento. No basta con correr, meter la pierna o mostrar actitud. Hay que saber cuándo frenar, cuándo presionar y cuándo jugar con inteligencia. Porque la intensidad sin control termina costando puntos, confianza y credibilidad. Y en un torneo donde cada detalle pesa, acumular suspensiones es una forma muy barata de perder partidos.
La exigencia para este club debe ser clara: menos protagonismo de la indisciplina y más concentración táctica. Esteban González tiene que corregir de raíz esos comportamientos, y los jugadores deben asumir que vestir esta camiseta implica competir con hambre, sí, pero también con cabeza. Un club serio no puede normalizar estar entre los más amonestados y expulsados del torneo. Eso no habla de valentía; habla de desorden.
Los jugadores necesitan autocontrol y sentido colectivo. Porque si el equipo quiere dejar de pelear en la parte baja de cualquiera de las estadísticas, primero debe dejar de sabotearse solo. La disciplina no es un detalle menor: es una obligación. Y hoy, en Gallos, sigue siendo una deuda.